El fin de semana del 7 al 10 de enero tuve la suerte de participar en la excursión a Isla Isabel, junto con mis dos hijos, Mikel e Iñaki, principiantes que recién completamos el curso de aguas abiertas, y con otros buzos mucho más experimentados que nosotros: mi compañero Mario, su hijo Mario, Pedro y Miriam. Por parte de Oceanos fueron Alberto, quien desafortunadamente no pudo bucear ya que seguía sufriendo las consecuencias de los excesos de la cena de Año Nuevo, y Juan David “Guaraní”, nuestro “dive master”.
Se puede decir que el paseo inició a principios de diciembre, con la interesantísima plática que dio el biólogo Cristian Galván de la flora y fauna terrestre y marina de la isla, que es parque nacional y reserva de la biósfera desde 1980. Si ya estábamos animados para ir, la plática nos acabó de convencer. La inaccesibilidad de la isla la hacen particularmente interesante y bien preservada; es una pena que los humanos nos interesemos por la vida silvestre y que con nuestra sola presencia le quitemos lo atractivo.
Salimos de Guadalajara el jueves por la tarde y nos encontramos con el resto del grupo en Santiago Ixcuintla, Nayarit, para el viernes muy temprano salir a Boca de Camichín, donde nos reunimos con nuestros guías: los capitanes de las pangas don Genaro y don Víctor, ayudados por Arturo y Roberto como guías del parque, y la señora Aurora como cocinera. Cargamos las dos pangas que nos llevaron a la isla y salimos aprovechando la marea que estaba bajando y facilita la salida de la boca al mar abierto, no sin antes recibir una muy interesante explicación de las técnicas de cultivo del ostión en los esteros, que es la principal industria de Boca de Camichín.

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Fotos: Juan David Cortes
Después de desayunar los deliciosos tamales de pollo y camarón que llevaba doña Aurora, tuvimos la primera gran sorpresa del viaje: un inesperado encuentro con un grupo de unos 3 o 4 tiburones ballena, que desayunaban plácidamente en la zona donde se juntan las corrientes de los esteros con el mar. Gracias a la pericia de don Genaro y de don Víctor, logramos verlos justo al lado y debajo de las pangas; incluso se dejaron acariciar la aleta dorsal por Roberto. Probablemente fueron los lamentos de los buzos que no traíamos a la mano ni aletas ni visores para echarnos al agua lo que ahuyentó a los tiburones ballena después de unos 15 minutos de compañía.
Llegamos a la isla después de un trayecto de unos 90 minutos. Desde la llegada pudimos apreciar las formaciones volcánicas de las bahías del sur de la isla y las formaciones rocosas de Las Monas al este, y la enorme cantidad de gaviotas y pelícanos recibiéndonos con sus entusiastas graznidos. Desembarcamos en la Bahía de los Tiburoneros y nos instalamos en el lugar designado para el campamento a unos 300 m de la bahía. Ahí siguieron las sorpresas, al ver la enorme cantidad de fragatas anidando junto al sendero que conduce al campamento, con mirada curiosa pero sin temor de los humanos, acostumbradas a verlos sin ser molestados desde su nacimiento.

Fotos: Carlos Flores
Después de instalar el campamento, zarpamos alrededor de las 2 de la tarde hacia Las Monas para hacer el primer buceo. Rodeamos una de las rocas a una profundidad máxima de 30 pies, por lo que el aire rindió poco más de una hora, después de lo que el Guaraní llamó una parada de seguridad de más de media hora.
Después de la deliciosa comida preparada por doña Aurora se organizó el segundo buceo, que ya fue nocturno por lo corto de los días invernales. Algunos preferimos aprovechar el atardecer para hacer el primer recorrido por la isla, guiados por Roberto: subimos al faro y pudimos ver de cerca los nidos de los simpatiquísimos pájaros bobos de patas azules, y vimos la puesta de sol en la playa oeste de la isla, formada íntegramente por rocas volcánicas y restos de coral. Quienes fueron al buceo tuvieron la suerte de ver ballenas de cerca, incluso a una que pasó por debajo de Pedro y de Guaraní cuando estaban en su parada de seguridad. Vieron también langostas, cangrejos, camarones, cangrejos ermitaños y erizos desplazándose
El sábado hubo tres buceos, el primero en la pared del acantilado del faro, a una profundidad de 85 pies. Este día oímos cantar las ballenas en todos los buceos, tan fuerte que en uno de ellos que Guaraní sospechó de una falla en el regulador de uno de nosotros. Con la visibilidad de entre 5 y 20 metros, esperábamos ver aparecer una ballena en cualquier momento. En los intervalos de superficie vimos muchas ballenas, la más cercana a unos 10 m de distancia. El segundo buceo fue en el norte de la isla, en un islote semicircular llamado Cerro Pelón, por la ausencia de vegetación. El tercer buceo fue en la zona al sur de Las Monas llamada Costa Fragatas donde buscamos los tubos de lava, aunque para cuando los encontramos muchos de los buzos ya habían consumido el aire de sus tanques.
Para burla de mis hijos, debo reconocer que aún tengo dificultades para diferenciar un pez sargento de un ídolo moro, por lo que pedí ayuda a Mario, tan apasionado como experimentado en el buceo, para describir las especies que vimos: además de ídolos moros (que ya aprendí a reconocer) nadando solos o en parejas o en grupos de hasta 10 individuos, vimos también muchos grupos de roncos rayados, sargentos mayores y cirujanos de cola amarilla. Mientras me concentraba en lograr una flotabilidad neutra, me comentan que vieron también anguilas morenas, y peces pelágicos como jureles toro en grupos, jureles almaco y un cardumen de chano-chanos (parecidos a los sábalos). La comida consistió en pescado zarandeado estilo Nayarit, mucho más firme y jugoso que la versión veracruzana, y ostiones abiertos por nuestros anfitriones, deliciosos y sólo superados por el postre de plátanos fritos que causó nostalgias a más de un buzo. El dilema de hacer un cuarto buceo (nocturno) o hacer otro recorrido por la isla lo decidió el cansancio de los buzos, pues todos prefirieron el paseo a las playas al este de la isla, frente a Las Monas, una caminata de una hora bordeando el cráter central, que tiene un lago hipersalino con una profundidad de 70 m.

Fotos: Carlos Flores
El domingo tuvo lugar el último buceo, esta vez siguiendo el arrecife entre el islote de Cerro Pelón y el norte de la isla. Yo no participé, pero me comentan que fue el de mayor marejada y con el de mayor avistamiento de especies pelágicas, incluyendo un cardumen de barracudas cazando a un grupo de roncos y parguitos, y una morena espectacular, según Pedro la más grande que le ha tocado ver. También vieron un cardumen de peces espada del Pacífico, también conocidos como pagualas o peces murciélago. Desafortunadamente la visibilidad se fue reduciendo hasta abortar el buceo por malas condiciones, después de unos 40 minutos. Después del desayuno, vino la triste tarea de recoger el campamento y cargar las pangas para el regreso a Boca de Camichín. Algunos buzos previsores llevaron a la mano aletas y visores por si volvíamos a tener un encuentro con los tiburones ballena, pero en su lugar tuvimos la suerte de encontrarnos con una ballena y su ballenato girando y dando aletazos, y luego un encuentro impresionante con un grupo de cientos de delfines. Logramos seguirlos durante unos 15 minutos, y Guaraní, Pedro y Miriam se lanzaron al agua con la esperanza de nadar entre los delfines, quienes no mostraron interés mutuo por los mamíferos terrestres, aunque Guaraní logró ver uno de cerca con una apnea muy profunda.
Después de la destreza mostrada por don Genaro y don Víctor para entrar a la boca, maniobrando las pangas a la misma velocidad que las olas rompientes, llegamos a Boca de Camichín alrededor de las tres de la tarde, donde nos esperaban en el restaurante de la familia Mata con un delicioso menú de comida nayarita, para emprender el regreso al tráfico, el caos y la agresividad vial tapatía, un contraste atroz con la paz y tranquilidad de las fragatas, los pájaros bobos, las ballenas y los delfines, pero agradecidos de haber tenido la oportunidad de conocer un lugar donde todavía reinan especies diferentes a nosotros.
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