Tercer año consecutivo en que empiezo a escuchar los rumores de inicio de temporada en el Golfo de México. Buzos de todo el país comentan como el agua está poniendose cristalina "como Cozumel". Me digo a mí misma que no pasan de ser rumores, exageraciones de buzos o estrategias de venta. La verdad esque han sido tres años consecutivos de intentar planear esta salida, y año con año, gran desilusión: el viaje no se llena, y se cancela a último momento.
Este año no fue diferente, comenzó la temporada, las fotos increíbles rondando por la red, y yo mordiéndome las uñas de las ganas... Vamos intentando otra estrategia, otra modalidad de viaje. No es cualquier cosa viajar al otro lado del país, llegar a una isla remota, bucear y regresar en un fin de semana. ¿Vamos haciendo el viaje más fácil? No, vamos haciéndolo más intenso.
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De una u otra manera, se llenó. Allá vamos 17 buzos por distintos medios. Unos llegaron en avión a Tampico, otros en camioneta a Tamiahua. El grupo de aventureros hicimos un viaje de 4 escalas, probando todo tipo de transportes: camión nocturno Gdl-Tampico, despertar en Tampico, cambiar de estación, ver el primer partido del mundial. Camión Tampico - Naranjos, ni pensar en dormir, mucha emoción. Taxi Naranjos - Tamiahua, cruzando ríos, pastizales y selva. Por fin, llegamos a Tamiahua donde nos espera una lancha en las instalaciones de Puerto Lobos para partir con un chapuzón inesperado al salir del agua dulce de los manglares hacia el mar.
Un poco más de una hora, y sin saber si ya despertamos o seguimos en un sueño algo raro en el camión del día anterior, despertamos a un vivero verde frondoso rodeado de mar. Verde salvaje, íntegro y una cálida y breve bienvenida de organizadores, buzos, staff y ... rápido, preparar equipo, vámonos a bucear!

Zona de Camping / Juan David Cortes
Primer día, viernes. Caemos al agua. No he terminado de girar mi cuerpo en la maroma hacia atrás cuando abro los ojos y un mundo de descontroladas formas redondas y hongos gigantescos con texturas intrincadas se extiende hasta donde llega mi vista. El agua tibia se enturbia con las termoclinas, hasta 4°C de diferencia. Esto es un lugar inesperado y descerebrado. No está rodeada de arrecifes la isla, sino de una biblioteca de conocimientos y razonamientos quese esconden bajo una cantidad de corales cerebros que queda más allá de mi entendimiento. No puedo evitar preguntarme tantas cosas, y al no saber que responder, me reduzco a observar tras el silencio de mis burbujas, maravillarme e intentar comprender.
Después de observar estas texturas, mucho y con lupa, millones de pólipos empiezan a explicarme los "cómos", reservándose los "por qués". Entre más observo y comienzo a entender, más me maravillo, y el agua entra a mi visor por las comisuras de mi boca sonriendo.
Salimos del agua, desarmamos equipos y corremos a cenar. La isla no tiene habitantes, salvo la casa donde comemos y unos cuarteles militares, no existen construcciones, electricidad o vehículos. Solo nuestras linternas, casitas de campaña y los pies -muy importante, con zapatos pues caminamos de noche compartiendo los estrechos caminos con los cangrejos.

Coral Cerebro sobre Coral Mesa / Marimar Ponce
Segundo día, sábado. No hay prisa, no hay presión. Aunque pequeña, esta isla ofrece mucho que hacer, que ver, que bucear y explorar. Un grupo parte a lo más esperado del viaje: la Plataforma Tiburón. Una estructura de metal sobre la que se trabajó alguna vez una operación de extracción de petróleo, ahora abandonada, solo permanecen los cimientos que gracias a la acción de las corrientes están completamente forrados de vida y albergan en su interior muchísima vida, peces, invertebrados, esponjas y más más peces.
Me quedo con el otro grupo en la isla, acompañada de mi cámara nos entretenemos en buscar bichos, bichitos, nudibranquios, liebres de mar, peces, peces, peces. Las texturas del cerebro no dejan de sorprenderme, unas simétricas, otras más caprichosas, cada especie con su patrón específico de construcción. El agua, azul, cristalina "como Cozumel". Los guías nos dicen que las condiciones no son perfectas. Hay quien dice que vamos a ver "más de lo mismo, mucho coral cerebro"... para mí, esto es perfecta. No podría ser mejor: "más de lo mismo" hasta que me canse, sabiendo de antemano que eso no me puede pasar bajo el agua.
Una inmersión casi nocturna, casi crepuscular, esperando a que se ponga el sol y no se pone. Salimos del agua a un atardecer que se ve desde debajo de las olas. Las sensaciones empiezan a acumularse, a convertirse en algo casi insoportable... último día, última noche, nos vamos mañana.

En Plataforma Tiburón / Marimar Ponce
Tercer día, domingo. Hoy nos vamos, pero hasta en la noche. Un día puede parecer poco o puede parecer una oportunidad de oro. Salimos temprano rumbo a la plataforma, pues el sábado por mal tiempo apenas y solo se logró una inmersión vomitiva para algunos. Lo intentaremos de nuevo.
El mar nos trata mejor de lo que esperábamos, llegamos más rápido, menos olas, menos mareos. La plataforma se sostiene celosa e imponente sobre las olas furiosas. Nos acercamos, amarramos, se ponen líneas de seguridad, bajamos sujetos a ellas.

Lucía y Marimar en Plataforma Tiburón / Juan David Cortes
Hay varias trabes que atraviesan la plataforma horizontalmente. A 30ft, 50 ft, 80 ft, 100 ft, seguimos bajando... 120 ft. Ahí abajo puedo ver la arena, el fondo, una escalera abandonada en el fondo, sería tan fácil dejarse caer a las 180ft. Allá arriba, puedo ver las siluetas de montones de peces, de buzos, de trabes, columnas y fierros. Recorremos los espacios sin paredes como un edificio desnudo, un museo de paredes invisibles donde las obras que se exhiben flotan entre nosotros. A veces nos miran indiferentes, a veces con curiosidad y alguno que otro -como las damiselas- con un poco de agresividad nos indican que no toquemos nada. Nada. No hay un centímetro que no esté ocupado ya.
Completamente forrada de esponjas, a su vez forradas de otras formas de vida, la plataforma es ahora oasis y hogar de miles de animales. Damiselas, ángeles, sábalos, barracudas, nudibranquios, sargentos, tantos otros... Se acerca un par fantasmas plateados. Dos pámpanos africanos enormes, nunca los había visto. Con su cara de enojados, vienen a patrullar y verificar que no toquemos nada. Todo en orden, y como aparecieron haciéndose tenuemente visibles desde un color azul, se desvanecen al irse.
Bajamos mucho, luego un rato a profundidad media. Es hora de salir, nos persigue la descompresión. De regreso a la cuerda para ascender a la embarcación, no quiero salir. Me quedé colgando de un hilo en superficie con el snorkel puesto y la cara bajo el agua, aprovechando cada último segundo para ver lo que sucede ahí abajo... azul, azul, azul... una manta.

Pámpanos africanos / Juan David Cortes
"¡¡Miriam!! ¡¡Miriam!!" A mi lado, Miriam.
Pasando por debajo, una manta de casi 3 metros. Nos pasa, sube un poco, da media vuelta, se dirige hacia nosotros. Esto no puede ser, es ridículo. Me la estoy imaginando. Nunca, en casi 200 inmersiones me había tocado ver una manta bajo el agua. Hoy, después de un alucine total, aparece sin decir más. Se acerca, pasa a escaso medio metro de mí. ¿Me voltea a ver, me sonríe? Se va. Baja a jugar y dar vueltas con Guaraní y Agustín. Se me salen las lágrimas.
El regreso ya ni sé como pasó. Lancha, levantar campamento, nadar en el canal, regreso a Puerto Lobos y una deliciosisima comida que nos da pilas -y mucho sueño- para el largo camino de regreso a nuestro lado del país. Cansados, caimos rendidos esperando una casualidad que nos haga despertar de nuevo en Tampico y no en Guadalajara, volver a comenzar el viaje y quedarnos en esa isla.
Me atrevo a cerrar los ojos bajo el sol y vuelvo a estar ahí debajo. Bajo las estrellas, bajo el mar.
Aun ahora semanas después, no sé si fueron los cerebros, el pecesito, los buzos que iban, la liebre, la plataforma, la tormenta de media noche, el mar a mis pies por la mañana, las estrellas por la noche, los pámpanos, la manta, el canal, la distancia, la cercanía, el silencio, las lágrimas...
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