Este pasado 9 de agosto ha quedado grabado en mi memoria, como uno de los momentos más mágicos de mi vida. Y no sólo por la increíble belleza en turquesa de las aguas caribeñas a 30" mar adentro desde Cancún, sino además, porque sin saberlo, habríamos de ser testigos de un espectáculo natural sin par.
Esa mañana salimos temprano, muy, muy temprano. A medida que la mañana se aclaraba la conversación giraba en torno a muchos temas y los guías no faltaban en entusiasmarnos narrando sus propias experiencias y platicando cosas que a más de uno nos dejó con ganas de llevarse un Tiburón de mascota, para luego, sin tocarse demasiado el corazón bajárnos del tren de la emoción, recordándonos las precauciones básicas necesarias para el encuentro: mantener una distancia mínima de 2 mts. con los Tiburones, pidiéndonos específicamente no tocarlos, ya que algunas especies animales son muy suceptibles al tacto y otros consejos más que no podría mencionar ahora porque ya estaba pensando yo en que servirían de refrigerio en los botes. Recuerdo sí, que habríamos de nadar en parejas y el resto eran algunas otras indicaciones más propias del sentido común, que como todos sabemos, hoy en día es el menos común de todos los sentidos.
Los guías habían decidido alcanzar a la manada de Tiburones Ballena a mitad del océano, ya que el otro punto de encuentro probable, Holbox se encontraba en condiciones poco propicias para la observación, aguas verdes que son más turbias e interrumpen la visibilidad.

[ CONTINUA LEYENDO DESDE AQUÍ ]
En esta ocasión, para fortuna nuestra, confirmamos el por qué Cancún es famoso por lo cristalino de sus aguas. Estando en el bote y todos un poco más emocionados, nos desbordó la alegría cuando descubrimos el apenas visible lomo de un tiburón, entrando y saliendo del agua a unos 50 mts de distancia, a pesar de que era poco lo que alcanzábamos a ver, nos bastó para entusiasmarnos como niños en vísperas de navidad, si bien los guías se limitaban a mirarnos complacientes, sabiendo por su experiencia que, lo que nos podía esperar más adelante, no se comparaba. Pero para nosotros ya era increíble.
Ahora que escribo la experiencia, me doy cuenta de esto, usar tan pronto en el relato la palabra "increíble" no es buena idea, especialmente porque para contarles lo que pasó en los siguientes minutos, me van a faltar expresiones para describirlo, porque fue increiiiible (se me ocurre que puedo poner cada vez más "i" en las siguientes veces que deba usar esa palabra). De un momento a otro, luego de que el primer tiburón se perdió en la distancia, nos vimos rodeados completamente por una enorme manada.Había Tiburones enormes a la derecha e izquierda, debajo de nosotros, francamente nadie tenía palabras para describirlo y en esto incluyo a los mismísimos guías, que miraban tan sorprendidos como nosotros el espectáculo.
Nos aprestamos lo más rápido que pudimos para entrar al agua y con la emoción desbordándose por cada poro, nos sumergimos en un mundo completamente diferente. Fue como pasar de una dimensión a otra, donde inmensos seres flotaban a tu alrededor, juro que traté de seguir las precauciones básicas, de verdad, pero supongo que los Tiburones no leyeron el manual porque se acercaban a ti con sus grandes fauces abiertas, pero pasaban al lado, tan inmensos como son 10 y 12, metros de largo, evadiéndonos apenas, evitando causar el más mínimo daño. Ellos eran totalmente conscientes de nuestra presencia, por minúscula que pudiera parecer en comparación con ellos.

Uno pasa por el costado del bote y entonces te percatas de que tienen más o menos el mismo tamaño que la embarcación, tal vez un poco menos y abre una boca tan inmensa, que no puedo dejar de pensar que yo si quepo ahí. Contamos al rededor de 200 tiburones, pero evidentemente eran muchos más. Un mar de vida imponente que nos dejó echarle un vistazo y nos permitió, por un brevísimo instante, sentirnos privilegiados y afortunados por poder contar a todo el mundo que una vez pudimos tocar a un Tiburón Ballena.
Ingrid Rey
Agosto 2009
|